25.11.09
mirad esta web de picasso, los primeros años tiene cosas curiosas y luego también hay retratos, dibujos de animales, apuntes del natural, está todo!
4.11.09
En Movimiento en Ingráfica 09
El festival tendrá lugar en Cuenca entre el 6 de nov. y el 13 de dic. de 2009.
Txema Maraví y Óscar Martínez estarán el Sábado día 7 de noviembre en la Escuela de Arte José María Cruz Novillo presentando sus trabajos en las jornadas de Ingráfica 09 alrededor de las 12:00h.
28.10.09
2.7.09
aupica
se que resulta un rollo recibir tan a menudo relatos tan torpes como los que publico cada semana, sin embargo considero necesario hacerlo. No se como publicarlos sin que os tenga que llegar un mail a cada uno de vosotros por separado. Puede que Oscar sepa solucionarlo.
bueno, siempre queda la opción de obviarlos completamente como un Spam.
este mensaje no es un exceso de humildad, es una nota informativa y que se autodestruirá en cinco segundos:
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1
boooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooommmmmmmmmmmmmmmm!!!!!!!!!!!!!!!!
:-)
Un desagradable intruso
-Toma esta chaqueta -dijo el padre.
-¿como? hace mucho calor, no hace falta. -respondió él
-¿como que no hace falta? Es necesario ir bien cubierto, sobre todo el cuello, para evitar que se te pegue algún parásito. Toma, ponte también este gorro. - dijo insistentemente.
Mientras el padre se dirigía hacia su colección de bastones y los miraba con detenimiento, él pensaba que la mejor de las palabras que podía definir a su padre era la prudencia, sin embargo, no era eso lo que admiraba de él.
Antes de llegar al bosque de Sorogain, debían pasar varios pueblos y subir un puerto de montaña con muchas curvas. El paisaje era maravilloso aunque harto conocido, nunca dejaba de sorprenderlos. Suavemente se iban adentrando en aquel paraje, plagado de cielo y de tierra. Eso era lo que les ofrecía la montaña, cielo y tierra, sin embargo le cargaba todo aquello. Le enfadaba su desconocimiento y la intrusión que la montaña le hacía sentir. No podía evitar cargar con todos la bajeza que forma parte de aquellos seres que alguna vez poblaron la tierra y que estúpidamente creyeron conquistarla. A parte de todo esto, el viaje en coche le mareaba y le producía un terrible malestar.
Abandonaron la carretera y comenzaron una pista de tierra hasta llegar a una pequeña explanada donde aparcaron el coche. Aquel día, especialmente luminoso, cambiaba completamente de atmósfera dentro del bosque. Rodeado de hayas, resultaba imposible adivinar que hora era. Un velo luminoso lo cubría todo y atrapado, sus oídos se taponaban ligeramente. Atravesaron los bosques y cruzaron caminos llenos de huellas de neumáticos enormes, que, como huellas de dinosaurios, aparecían profundamente grabadas sobre el barro mojado. Mientras atravesaban un tercer bosque, la propia naturaleza hablaba en cada rincón. Su padre, recordaba cada piedra y cada tronco, pero en especial recordaba un Tejo mediano, un desagradable intruso que había decidido crecer lejos de sus semejantes. Su historia le fascinaba y su línea negra, en comparación con los otros árboles, destacaba. Un diminuto reguero de agua cristalina descendía por el barro y a través las hojas secas del suelo produciendo un fuerte olor a turba. Lo siguieron y descubrieron una fuente. Se trataba únicamente de un pequeño tubo de plástico que salía entre unas rocas. El padre bautizó aquella fuente y después de beber y rezar un ángelus, la consideró una bendición. Aquel momento le supuso algo mágico. Era su propio padre el que bautizaba aquella fuente, era su padre el que conocía y era amigo de aquel árbol. ¿podían en verdad ser los hombres hijos de la naturaleza?
Cuando abandonaron el bosque y de repente, se hizo de día, la luz bañaba perpendicularmente los miles de arándanos que por allí crecían. Su maravilloso sabor se podía comparar con una tarta y su calor con un beso.
Siguiendo el pequeño camino de cielo despejado se podía ver la cumbre del monte. Su pendiente sin llegar a ser extrema, era de un desnivel considerable. En la cima, el viento soplaba de una forma exagerada y decidieron sentarse un poquito más abajo, en una zona más protegida. Mientras comían un bocadillo en silencio observaban pequeños surcos en la tierra.
-¿Son agujeros de topos? -preguntó
-No, creo que los jabalíes suben hasta aquí y meten sus hocicos en la tierra en busca de raíces. -respondió el padre.
De repente un silencio aún más extraño que todo aquello reinaba sobre la montaña. El viento había dejado de soplar completamente y decidieron volver. Mientras bajaban hacia el coche por el mismo camino, el color del bosque había cambiado y el padre, que iba detrás, rompiendo el silencio dijo:
-¡Quieto!
Suavemente y casi sin esfuerzo el padre logró desprender un pequeño parásito del cuello de su hijo mientras él, de una manera casi solemne, formaba parte de aquella naturaleza que tanto despreciaba.
30.6.09
tutto truiti team!!
¿Quién se anima?
tutto truiti team!!
28.6.09
Los números 8-12 de ediciones puré en algunos lugares de Madrid
Saludos
27.6.09
Desayuno con vidrieras
Entraron en su cafetería preferida, uno de esos lugares en los cuales una pareja puede sentirse en compañía exclusiva de sí misma y donde cada cual, se permite ocupar su propio espacio rodeado de gente desconocida. Cuando el desayuno ya estaba sobre la mesa, ella empleaba su tiempo en transmitir todas las sensaciones que le había producido el sueño. Éste escuchaba con atención e intentaba descubrir los motivos por los cuales aquellas imágenes se le presentaban tan vivamente. A cada sorbo de café la conversación tomaba mayor fluidez y las palabras parecían formarse en la cabeza de ambos de una manera sorprendente.
Parece ser que debamos analizar una determinada época y por lo tanto un determinado pensamiento -dijo él.
Si, lo que nos pasa es que las cosas no son tan sencillas cuando creemos dirigirnos en una determinada dirección y nuestra experiencia nos dice que no es la correcta. -respondió ella.
Tienes razón. -repuso él -sin embargo no podemos echarle la culpa a nuestra educación ni tampoco a nuestras experiencias más cercanas. Se puede considerar algo mucho más sencillo justo en el momento que uno consigue asimilarlo, pero por supuesto, no es tarea fácil.
Tenemos la capacidad de perdonar, tanto al resto de la gente, como a nosotros mismos, sin embargo a veces el orgullo no nos lo permite. ¿crees que pueda existir un modelo de bondad y perdón? -preguntó ella.
La cuestión no es si creo que existe o no, lo importante es que el ser humano tome como ejemplo éste modelo. Todas nuestras convicciones se han formado debido a la falta de una base sólida y de nuestra propia implacabilidad a la hora de perdonar. No podemos dar por supuesta una vida exenta de espiritualidad y por lo tanto, de sentido. La amistad, el amor, el respeto, tienen sus propios ejemplos, pero no debemos olvidar que son conceptos abstractos en los que uno tiene que creer.
Si, toda nuestra deriva, -dijo ella -Todo nuestro transcurso puede resultar mucho más beneficioso y puede ser un buen ejemplo en el caso de que tomáramos esa dirección, exenta de orgullo y prejuicios. Podemos equivocarnos, pero sin embargo, merecemos tanto recibir como ofrecer otra oportunidad.
De repente, se miraron en silencio y se rieron. Un exceso de cafeína les había hecho relacionar unos hechos aislados con otros más abstractos de una manera precipitada. Todo formaba parte de una moral etérea producida por el lenguaje y su sentido expresaba una realidad insondable. Lo que realmente importaba era su presente y la compañía que ambos se ofrecían. Pagaron y se fueron de allí. Mientras andaban por la calle él iba pensando en lo mucho que quería a esa persona y en la incomprensión que sufriría a lo largo de su vida. No era sólo ella, también era él mismo el que debía hacer lo posible por comprender su propia realidad y poder soportar el sinsentido que a veces pretende acabar con todo.
22.6.09
La torre
El cielo estaba nublado pero el sol, aunque tamizado por debajo de las nubes, proyectaba toda su fuerza y su calor sobre mi cuerpo. El camino hacia la torre me resultaba encantador y producía en mí una sensación de agradable nostalgia. A un lado de la carretera un campo de trigo se balanceaba en ondas que acompañaban perfectamente al viento. Las espigas doradas se mezclaban con otras más blancas que, iluminadas por el sol y por su belleza, me dejaban casi ciego.
De repente, justo detrás de mí, apareció un hombre mayor, seguramente de paseo, a un paso bastante acelerado. Su presencia me irritaba. Decidí dejarle pasar primero y así poder perderle de vista.
Más adelante la carretera se dividía en dos caminos. El de la izquierda, más trillado, se dirigía a la torre y el de la derecha, caminaba por la ribera del río. Casi sin pensarlo andaba por el camino de la derecha, mucho menos transitado y plagado de cardos y de ramas. Cuanto más avanzaba, más pinchitos se alojaban dentro de las zapatillas sin calcetines. El camino terminaba en un pequeño deposito de agua con unas escaleras que bajaban al río. Me senté en aquellas escaleras de cemento y me quité las zapatillas para poder despojarme de todos los pinchos. Mientras lo hacía cruzaba con la mirada el río y observaba una bandada de estorninos que se posaban, de un lugar a otro, todos muy juntos y de un tronco a otro y de una árbol a otro con mucho orden. ¿tendrían acaso un líder aquellos pajarracos? La luz del sol era muy fuerte, tanto que reflejaba a mi izquierda, en el propio río, una luz maravillosa y muy por encima iluminaba a los chopos que se agitaban por el viento.
Me levanté de allí y proseguí mi camino que inevitablemente me llevaba hacia la torre.
El camino era un pedregal horrible. El calor acuciaba con fuerza y la pendiente era extrema. A la izquierda revoloteaban mariposas, haciendo alarde de su hermosura y persiguiéndose unas a otras. Eran todas de los mismos colores y resultaban aburridas y estúpidas.
Cuando llegué hasta arriba, por el otro lado de las montañas el paisaje cambiaba completamente. Los colores y las texturas eran de otra clase y sus formas atractivas. A la derecha, se encontraba aquella torre a punto de derrumbarse. Estaba hecha de piedra, ladrillo y cemento y por lo visto debía haber sido ocupada por los hombres en la guerra civil española.
Exhausto y enfadado me senté en aquel lugar. El viento me soplaba de cara y producía una sensación muy agradable. Pensaba que había merecido la pena el esfuerzo. Pensaba que siempre merecería la pena el esfuerzo. A los cinco minutos me levanté, cogí tres piedras y las lancé contra el muro de la torre. Mi intención era el derribo de aquella horrible torre.
Bajando, resbalaba de vez en cuando y pude observar en el medio del camino una hormiga muerta retorciéndose entre el calor del sol y el polvo. Pensé que probablemente había sido yo quien había pisado aquella hormiga sin quererlo en mi ascenso, porque, ¿sino quien hubiera podido ser? ¿que fue lo que me impulsó, aquella tarde a subir hasta esa maldita torre?
botes de tinta
Subí rápidamente las escaleras hacia el vestuario y me cambié de ropa. Llevaba dos semanas sin lavar el uniforme y mi polo estaba lleno de tinta y de polvo de papel. Cuando por fin ocupé mi puesto de trabajo, un oficial de maquina me miraba de reojo, sin decir nada, y acto seguido dirigía la vista a una pila enorme de bovinas acumuladas. No cabía duda, debía darme prisa si no quería suspender la cadena de producción. Sin pensarlo un momento me agaché a por una de esas bobinas y la coloqué en la maquina de empaquetar. Mientras preparaba la puesta a punto de la maquina, aparecieron pequeñas gotitas de sudor de mi frente y en mi espalda. Cuando por fin la maquina comenzó a funcionar sopló una pequeña ráfaga de aire, como un respiro, que atravesó la nave y despareció.
Cuando todo parecía estar controlado, de repente, una tensión excesiva provocó la rotura de una de las bovinas y todo empezó a desmontarse. Se necesitaban buenos reflejos para pulsar el botón de parada y así evitar una mayor catástrofe, sin embargo, aletargado por el calor, había sido incapaz de responder a tiempo. A pesar de todo el ruido que provocaba la maquina y de mi presencia en el centro de la nave, nadie parecía reparar en mi desgracia. Algunos me observaban por encima del hombro con expresión apática e impasible. Estaba claro que me las debía que arreglar sólo. Sin poder controlarlo, una sensación de impotencia y tristeza invadió mi espíritu. El desastre no podía ser mayor. Había olvidado colocar el empalme necesario para unir las dos bovinas y todas la etiquetas se habían mezclado. Definitivamente la cadena de producción quebraba.
Desesperado recogí todos los papeles rotos del suelo y de repente pude observar un par de manos agachadas, recogiendo junto a mí, con mucha eficacia, cada papelito. Era uno de mis compañeros más veterano pero joven, casi de mi edad. -No te preocupes -dijo. Su mirada me tranquilizaba y su parsimonia tibió mis nervios. Me explicó lo que tenía que hacer para arreglar la bovina y rápidamente volvió a su puesto de trabajo. No tuve tiempo de darle las gracias pero lo busqué con la mirada y una vez encontrada, resoplé satisfecho. El sonreía y trabajaba resignado de una manera totalmente mecánica.
Pasaron tres largas y aburridas horas de producción cuando, justo antes del almuerzo, apareció mi jefe. Era un buen tipo, muy tímido, de pelo rubio muy corto y cejas también rubias. Era el hijo menor de los hermanos y dueños de la fábrica y su labor consistía en controlar a los trabajadores y sus horarios. Solía cruzar crispado entre los puestos de trabajo señalando deficiencias y acotando sistemas de trabajo para poder así rentabilizar todas las horas que pagaba su empresa. Siempre que se dirigía a mí, lo hacía con suma amabilidad, pero nunca fuera de lo estrictamente profesional. De repente, con pasos largos y acelerados se acercó y me dijo: - Hola chico, que tal va? -Bien – respondí. De repente se puso rojo, me miró con detenimiento y me dijo en voz baja: - Oye, ¿Hace cuanto que no lavas el uniforme? Sofocado respondí: - La semana pasada se me olvidó llevarlo a casa, pero tengo un polo de repuesto, mañana lo traigo. Muy bien, una cosa más -dijo finalmente – En la calle, detrás de la nave, hay unos botes de tinta que hay que tirar en un bidón grande de reciclaje. A partir de ahora y hasta acabar tu jornada, quiero que te dediques esclusivamente a ello, de acuerdo? -claro- contesté.
Cuando salí de allí, el sol descendía rápidamente y su calor era cada vez más soportable. Me senté en el suelo y desenvolví mi bocadillo. Mientras lo hacía mi vista traspasaba la valla electrificada para encontrarse con unos chopos, que por su altura , podían señalizar el paso de un río. A mi derecha una enorme grúa con un imán, recogía cubos de chatarra de una montaña y los colocaba otra de menor tamaño. El aire que se respiraba allí, aparte de todo lo que ocurriera dentro de la nave, era muy agradable y la luz que reflejaba toda aquella basura, maravillosa.
Terminado mi bocadillo, me encendí un cigarro y apoye mi espalda en la pared. De todos los trabajos asignados en aquella fábrica, éste, había resultado ser una bendición. Apagué el cigarrillo y me acerqué a una pila enorme de botes de plástico llenos de tinta podrida. Poco a poco fui vaciando cuidadosamente cada garrafa y mientras lo hacía, recordaba los momentos felices que se repetían a lo largo de la vida de un hombre y la horrible sensación de hastío que provoca la incomprensión de dicha felicidad. Una vez terminada la operación, me senté sobre el cemento y me encendí otro pitillo. El sol calentaba sólo de una forma oblicua y en su color uno se podía sentir afortunado.
26.5.09
los panchus en youtube!

http://www.youtube.com/watch?v=MTxK4_msh-o
http://www.youtube.com/watch?v=PNT5yep5kLY
http://www.youtube.com/watch?v=yPD8m9uwljg
22.5.09
14.5.09
La tormenta

Sentado en el banco de aquel parque sólo pensaba en una cosa. Quedaba media hora para que llegara, sin embargo, necesitaba mucho más tiempo para pensar en lo que había hecho. No podía seguir creyendo que aquel día que nos separamos hubiese sido tan terrible. Yo simplemente había reaccionado mal ante tantas acusaciones, no era posible haberme equivocado en eso que yo considero mi moral más básica. Odiaba mi educación de novela decimonónica.
Con mucho pesar me acerqué al borde del lago y pude ver mi reflejo. Aquella imagen me decía que allí estaba yo. El agua estaba muy limpia, casi cristalina, pero el fondo esta lleno de fango. Me puse de rodillas, cogí una piedra, me levanté y la arrojé con fuerza. El impacto que produjo en el fondo creó una nube de polvo en forma de cerebro. Seguí andando alrededor del lago y una rana salto al agua, creando en el fondo el mismo efecto que había producido la piedra. La verdad es que no tenía ni idea de como habíamos llegado hasta esa situación.
De repente, como si llevara tiempo observándome, un hombre de avanzada edad se acercó hasta mí con expresión hostil y me dijo: ¡Fuera de aquí! Antes de que dijera nada, él ya me empujaba dándome manotazos y patadas por todo el cuerpo. No sabía como reaccionar. En ese momento sólo se me ocurrió darme la vuelta y correr en dirección contraria. Había algo en aquel anciano que me advertía de un peligro inminente. En pocos segundos le deje atrás y empezó a soplar un fuerte viento que azotaba los árboles con gran fuerza. Entonces el cielo se quebró y se produjo un relámpago que iluminó la arena gris oscuro de aquel parque, produciendo, acto seguido un enorme estruendo que me hizo perder la conciencia por un instante. Enormes gotas de lluvia se arrojaron primero, contra mi cuero cabelludo y luego, sobre mis manos. A mi alrededor ya no había nadie, giré el cuello para ver si mi asaltante seguía persiguiéndome, pero también él había desaparecido. De repente sentí un miedo atroz y me detuve en seco. ¿Como era posible que hubiese ocurrido todo aquello en tan poco tiempo? ¿Que significaba toda esa violencia y rechazo contra mi persona?¿para qué tanto orgullo?
De repente, pude observarla a lo lejos con un chubasquero azul. Sorprendido, corrí hacia ella y le cogí la mano. Ambos corrimos en dirección contraria al parque.
...
2.5.09
Un viaje de vuelta infernal

Hasta los veintiseis años de edad fui un chaval muy receptivo. Nunca reflexionaba acerca de nada que no tuviera que ver con la realidad más inmediata. Todos mis viajes resultaban aburridos y formaban en mi una sensación de miedo y ridículo. Lo que descubrí a esa edad, gracias a lo que yo llamo sensibilidad, fue una gran aportación al viaje y en permanente estudio del intervalo me encuentro a día de hoy.
Mientras esperaba mi turno para subir al autobús, una chica delante de mí extrajo de su bolso un libro y una revista. Dentro de su best seller, de lomo bastante grueso, estaba su billete doblado. Mientras desdoblaba aquel billete miraba a su alrededor y hablaba por el móvil. El conductor la miraba con un leve ademán de superioridad y exigía su billete con la mano extendida, como si tuviera prisa.
Cuando dejamos la estación e hicimos las maniobras necesarias para salir, pude ver, sentado un banco de piedra, a un conductor de la misma empresa comiendo macarrones de un taperware. Me esperaba un viaje largo, así que decidí dormir un poco al principio para luego estar más lúcido y poder leer algo. En mi maleta de mano llevaba conmigo un ejemplar de Madame Bobary.
Cuando abrí los ojos el paisaje había cambiado completamente. Lo que antes eran bloques de viviendas recién construidas ahora eran casas semiderruídas llenas de polvo. Las zonas verdes de hierba se habían convertido en rocas de distintos tamaños esparcidas en grupos distintos. Las montañas, ahora más altas, presentaban unos surcos en forma de raíces de árbol. Me parecía haber despertado en un desierto.
La primera parada que hicimos fue de media hora para comer algo. Compré algo de comida y una coca cola y me senté en la terraza vacía de aquel restaurante. Cuando empecé a comer, se sentó en una mesa de enfrente la chica que antes hablaba por el móvil. Me fijé que sacaba dos sandwiches envueltos cuidadosamente que seguramente le había preparado su madre. Cuando terminé mi almuerzo me levanté para estirar un poco las piernas y subí de nuevo al autobús.
La última media hora de viaje se me estaba haciendo insoportable, pero por fin llegamos a esa enorme ciudad. La llamé por teléfono y estuvimos paseando un buen rato por calles desconocidas. Fumamos sin parar y nos conocimos sin descanso. Cuando nos parábamos en un banco, mirábamos al frente sin dejar de hablar de nosotros mismos. De vez en cuando nos observábamos, siempre por turnos, para poder comprobar que aquella imagen que se encontraba a nuestra derecha e izquierda era real.
Nos adentramos en un parque público, unos jardines que antaño fueron propiedad privada y que ahora formaban alrededor de una casa institucional que antes supuso un albergue familiar. Recorrimos todos los recovecos por caminos de gravilla limitados a derecha e izquierda por setos en hileras perfectamente cortados. Subimos y bajamos escaleras y cruzamos pequeños lagos de una tonalidad verdosa y fuentes estancadas de tres embalses. Bajamos un camino de tierra seca y subimos una gran cuesta, fumamos tabaco y nos tumbamos en un colchón de hojas. A partir de entonces volamos en círculo cogidos de la mano y cruzamos el cielo entre chistes y buenas intenciones. La linea que desprendían los cigarros formaban nubes que cubrían el cielo azul invernal. Entonces ella, en el aire, me enseño una pitillera de plata y nos despedimos.
El viaje de vuelta fue infernal. Pensaba que por viajar de noche iba a poder dormir pero no fue así. El aire acondicionado estaba estropeado y goteaba agua helada cada vez que el autobús giraba. Un chico y una chica gritaban descalzos e indignados que el viaje era largo. A mi lado un chico oriental se mareaba y me tocaba el hombro cada vez que quería ir al baño a vomitar. Detrás de mí, una chica enorme se apoyaba en mi respaldo y se dormía y cuando lo hacía, sus largas piernas se deslizaban y me pegaban un fuerte golpe en el brazo. Desesperado intentaba escribir pequeños fragmentos en prosa:
La bóveda celeste es roja, parda, rosa y gris después de que hayan pasado muchas cosas.
El aire acondicionado seguía goteando y la gente gritaba indignada, mientras tanto también el silencio de la noche se cernía sobre nosotros:
La música, maldita línea que me separa de ti.
De nuevo una patada de mi compañera:
Elogio de la risa, desconocimiento y miedo a la muerte.
Tan sólo quedaban unas horas y podría descansar.
No te canses de mi.
Por favor, ten en cuenta que te quiero y que no me atrevo a decirte que no te canses de mi.
Cuando finalmente llegamos, recogí la maleta y me dirigí hacia mi casa. Allí no había nadie y toda ella estaba hecha un desastre y con olor a rancio. Abrí las ventanas de par en par y acto seguido llamé por teléfono mientras miraba el edificio de enfrente. Lucía un espléndido sol de invierno y por mi calle entraba una luz horrible.
...
21.4.09
20.4.09
16.4.09
¡Encantado!
Me levanté por la mañana del Sábado bastante tarde, después de haber soñado que levitaba a escasos centímetros del suelo y eso era bueno. La elevación solamente se producía si yo era capaz de concentrarme totalmente, poner la mente en blanco y mantenerla así durante un rato. Sonó el teléfono mientras me zampaba unos sobaos y calentaba el café del día anterior. -¿Si? .contesté. Por el otro lado sonaba la voz de una chica: - Hey, buenos días mamón, que tal te encuentras hoy? -Muy bien -contesté de nuevo. La voz de aquella chica me dijo con un tono muy suave, casi en un susurro, que si me apetecía dar un paseo matutino, que había salido el sol. Yo le dije que sí, pero que me diese un poco de tiempo, lo suficiente para desayunar y cambiarme de ropa. Recogí mi habitación y estuve un rato barriendo las pelusas gigantes del suelo. Puse una lavadora, me lavé los dientes, me cambié de ropa y por lo tanto, todas las cosas que contenían los bolsillos de mi pantalón sucio fueron trasladadas al otro pantalón limpio. Pasados unos minutos bajaba corriendo las escaleras y cruzaba la calle en pos de mi amiga. Por la calle la gente hacía recados.
Pude observarla desde lejos, apoyada en un coche nuevo, un modelo rojo bastante elegante. Encontré su rostro un poco pálido, de un pardo amarillento y con los ojos cansados y brillantes. -Hoy he dormido fatal -me dijo. Acto seguido introduje mi mano en el bolsillo y con mucho cuidado extraje un suculento sobao envuelto en una bolsa de plástico y se lo ofrecí. -gracias – me dijo con una sonrisa tierna. -vamos hacia la zona del helipuerto, por allí hay un pequeño parque en medio de la nada con un estanque en el centro, es maravilloso la paz que una encuentra allí. -De acuerdo -dije. Entonces ella levantó su importante trasero de aquel flamante coche rojo y sonó un clac! que nos hizo irnos de allí a toda prisa.
De camino nos cruzamos con mucha gente, hombres y mujeres que salían de paseo con sus perros. Muchos iban en grupos de tres o cuatro individuos con sus mascotas corriendo alrededor y los llamaban por sus nombres de chuchos insistentemente. Al parecer todos volvían hacia sus casas para comer. Estábamos prácticamente solos cuando llegamos al parque. Las nubes eran de un blanco algodonado y el cielo de un azul espléndido. Nos sentamos en un banco justo en frente del estanque dejando atrás una vasta región de descampado. El lugar estaba rodeado de unas columnas de cemento armado imitando un estilo neo clásico, muy limpias, como recién construidas. El agua del estanque despedía un olor un poco raro sin llegar a ser desagradable. Nos acercamos al borde y desde allí pudimos observar basura en el fondo y un montón de carpas de movimientos lentos y aburridos. En la superficie del agua nadaban pequeños insectos remadores de un lado para otro, y daba la sensación de que lo hacían de una forma totalmente aleatoria. Mientras pensábamos en todo aquello mi amiga sacó el sobao de su bolsillo, lo abrió y lo hizo migas. Cuando se llenó la mano me ofreció unas cuantas y se las arrojamos a las carpas. - ¿Cuanto hace que nos conocemos? -me preguntó. -No lo sé – respondí – ¿unos trece años?. -Sí, más o menos. Seguimos arrojando comida a los peces durante un rato más y nos alejamos de allí. Por el camino de vuelta ella me preguntó -¿Haces algo esta noche?-No -contesté. Y entonces ella me propuso volver allí por la noche y yo le contesté: -¡Encantado!
...
14.4.09
descubrimiento interesante


http://images.google.es/imgres?imgurl=http://www.stillmanbooks.com/canpeople.jpg&imgrefurl=http://www.stillmanbooks.com/thoreaumacdonald.htm&usg=__1xJ4RFaNmLEm0i5mb6PAk1-vTHM=&h=258&w=187&sz=19&hl=es&start=9&um=1&tbnid=RrRoje7_cpizXM:&tbnh=112&tbnw=81&prev=/images%3Fq%3Dthoreau%2Bmcdonald%26hl%3Des%26client%3Dfirefox-a%26rls%3Dcom.ubuntu:en-US:official%26sa%3DN%26um%3D1


13.4.09
Nuevos libros de ediciones puré: Javier Lozano, Javier Sierra, Lehior Bilbao, Paula Velasco, Cristina Busto
Palua Velasco. Las montañas son verdes El cielo es azul Y yo marrón-----------------
Lehior Bilbao-----------

Javier Sierra. I can't believe
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Javier Lozano8.4.09
7.4.09
fiestas

El mes de septiembre comenzaba y el verano tocaba su fin. Yo me encaminaba dando tumbos por una pista llena de guijarros y zarzamoras a los lados. En mi mano llevaba el medio bocadillo de nocilla mordisqueado que siempre intercambiaba por medio bocadillo de chorizo mordisqueado a mi amigo Pablo. Las moras que quedaban eran las de final de temporada, estaban un poco rancias, de granitos desiguales y llenas de magnesita. Me desvié del camino y salte una pequeña valla de madera, mi amiga y jefa de la pandilla estaba barriendo, debajo de los pinos, todas las hojitas perennes y dejando solo una superficie de tierra. Nada más verme aparecer me mandó a por clavos. - ¿Sabes donde están escondidos? -me preguntó. -Creo que sí – le contesté. Los clavos estaban escondidos en una vieja palomera a dos minutos de allí. Cuando saltaba la valla para entrar otra vez en el camino me encontré con Pablo cargado con un montón de tablas. -¿que haces? -¿para que son las tablas? -le dije. -Son bancos. -me contestó. A los cuatro minutos ya estaba de vuelta con los clavos, casi todos oxidados por la lluvia caída la noche anterior. Pablo se comía mi bocadillo de nocilla con una mano y con la otra me ofrecía el suyo de chorizo envuelto en papel albal. Saqué los clavos, los dejé en el suelo y desenvolví mi bocadillo. Cuando Pablo terminó su merienda se levantó, cogió una piedra y empezó a clavar una de aquellas puntas llenas de herrumbre en el tronco de un pino. -Son percheros -dijo. Me levanté y cogí una bolsa de plástico vacía y la colgué de aquel clavo – Para tirar la basura -propuse. Nuestra jefa no reparaba en nada de lo que hacíamos y se dedicaba con esmero a construir unos bancos con las tablas. Su sistema era muy simple, buscaba dos piedras planas y colocaba una tabla encima. Nos sentamos en los bancos y Pablo sacó del hueco de un muro una cajetilla de tabaco, se sentó, se encendió un pitillo y dijo: -Hoy han empezado a montar el escenario de la orquesta y han llenado el pueblo de gallardetes, considero que debemos darnos prisa si queremos tener la cabaña para las fiestas. Dicho aquello me dispuse a encenderme otro pitillo con una cerilla y al hacerlo, inhalé una enorme cantidad de humo que me hizo toser con gran fuerza. Mis amigos empezaron a reír cuando de repente escuchamos ruido de pasos. Apagamos los cigarros rápidamente y escondimos los clavos y nada más girar la cabeza vimos un enorme jabalí a unos pocos metros seguido de dos de sus crías. Guardamos silencio sepulcral hasta que por fin desaparecieron. Se estaba haciendo de noche y decidimos bajar al pueblo. Cuando llegamos a la plaza ya estaba todo montado. El escenario estaba en el centro, cubierto de su enorme toldo amarillo sucio y los gallardetes haciendo alarde festivo. Mis amigos subieron al escenario y se pusieron a dar saltos, y mientras les observaba y escuchaba el sonido de las tablas, bebía agua de la fuente, agua que empapaba mis patillas de pelo y salpicaba mis zapatos.
30.3.09
21.3.09
skate park

Los padres de Jesús solían ir cada año de vacaciones a la Semana Santa de Sevilla. Allí alquilaban un pequeño apartamento y ocupaban sus días haciendo turismo y paseando por el centro de la ciudad, participando también del fervor que todos los sevillanos profesan en estos días santos. El caso es que mi amigo me invitó a que les acompañara y así poder disfrutar de unas vacaciones que según él, merecía. Accedí rápidamente a su invitación y aquel mismo día preparé la maleta con lo imprescindible: tabaco, ropa interior, camisas limpias, cepillo de dientes y un libro de bolsillo. La verdad es que nunca me gustó salir de la ciudad en vacaciones por el simple hecho de que todo el mundo lo hacía. Las carreteras se llenaban de coches estúpidos que chocaban entre sí en una carrera frenética en donde el ganador no recibía nada. Los pequeños accidentes, la posibilidad de desplazamiento caprichosa y a toda velocidad siempre iba acompañada de su concepto de vacaciones.
Cuando ya estaba preparado me llamó Jesús y me dijo que me pasaría a recoger en media hora por casa. Eran las seis de la tarde y el viaje iba a ser por la noche. Su padre, hombre de ideas rectas y concienzudo, había decidido hacerlo nocturno por no se qué razones y teorías suyas. Justo en el momento que llamaron al portero automático tomé la determinación de no ir a Sevilla. Bajé preocupado las escaleras de casa con lo puesto, camisa y chaqueta de loneta, para explicar a mi amigo y sus padres las razones por la cuales no iba. No podían ser razonables mis explicaciones y lo sabía, por eso mismo decidí inventar una excusa. En el último momento mi madre había cogido una gripe y necesitaba que la cuidara y que le hiciese algunos recados. Los padres de Jesús se preocuparon pero yo les calmé diciendo que no era grave, que todos los años por estas fechas a mi madre se le juntaban las alergias con la gripe y necesitaba guardar cama durante esos días. A mi amigo se le cambió la cara y se puso muy triste, yo le dije que no se preocupara y que por favor me mandara una postal desde allí. Acto seguido sonrió y pude leer en su mirada de complicidad que sabía lo que ocurría, me conocía muy bien y no necesitaba excusas. Me contestó que no se olvidaría de la postal, me pegó un empujón fuerte y se metió en el coche. Los padres me dijeron que cuidara bien de mi madre y que no la perdiera de vista. Cuando viéndolos alejarse los perdí de vista, me palpé los bolsillos y descubrí que no tenía las llaves de casa, no podía volver a entrar y pensé que podía ir a casa de mi madre a por unas copias. Como aún quedaba algo de luz decidí dar un paseo hasta el skate park de la zona de San Juan. El día había transcurrido en intervalos lluviosos y esos días no solía haber nadie por allí. Podría fumar unos cigarros y luego ir a casa de mi madre a por la llaves y cenar con ella.
Cuando llegué al parque soplaba un poco de viento y me abroché la cazadora. El cielo dejó atravesar unos pocos rayos de sol que iluminaron toda la estructura de cemento que brillaba y reflejaba los árboles y el cielo en movimiento.
...
16.3.09
9.3.09
Un gran amigo mío, empleado de correos me recomendó que siempre que me sintiese un poco bajo de moral le llamara. Resulta que a diferencia de mucha gente que conozco él realmente sabía escuchar. le llamé por teléfono y contestó su hermana. Mi amigo había salido de viaje hace dos días y estaría de vuelta para el viernes, aún era martes y yo no podía esperar. Le propuse a ella salir a dar un paseo hasta el centro comercial y luego ir al cine. Aceptó. En media hora quedamos en la cafetería que hay justamente debajo de su casa, una cafetería con una barra de mármol y dos mesas de mármol. Cuando ella entró en la cafetería yo apuraba un cigarrillo y estaba un poco mareado. Ella se presentó como si yo no la conociera, le comenté que hace un par de meses nos presentaron en la misma cafetería en la cual nos hallábamos y ella ni siquiera lo recordaba. -¿quieres comer algo? -me propuso. -no gracias, acabo de desayunar -le contesté. Entonces ella torció el gesto como si se sorprendiese a causa de mi contestación. Fue hacia la barra muy lentamente, como si adivinara que la observaba. Media hora después paseábamos en dirección al centro comercial que distaba a uno dos kilómetros de donde habíamos quedado. Ella caminaba por delante y me contaba lo mucho que quería a su hermano y cómo lo echaba de menos. Andaba hacia atrás y de vez en cuando se pasaba lo dedos por el flequillo y se lo recogía por detrás de las orejas. Dejé de observarla y a mi izquierda pude ver un gran reloj de sol, en medio de un parque. Le dije si quería sentarse un rato y contemplar aquel gran reloj de sol fumando un pitillo. ella me contestó que sí pero que nunca fumaba. -No hay problema -contesté.
Cuando llegamos hasta el centro del parque no quedamos mirando el reloj durante unos instantes e intentamos adivinar la hora, claro que era imposible porque el cielo estaba totalmente encapotado y casi no había luz. Ella se miro el reloj de pulsera y dijo: -Son la cuatro y media. De pronto nos echamos a reír.
4.3.09
Domingo.
Dormimos casi toda la mañana de aquel Domingo. Para mí los Domingos eran días de descanso total y nunca me ponía el despertador. Mi compañero de piso aun dormía mientras yo me preparaba un té con leche y azúcar. La casa estaba hecha un desastre; botellas vacías, restos de comida y un montón de chaquetones de invierno ocupaban todo el espacio. De repente escuché a mi compañero levantarse de la cama y cruzar la sala de estar como un fantasma hacia la ducha. Cuando terminó de acicalarse se preparó un desayuno de leche y cacao y me dijo: ¿Que tal estas?. Yo le contesté que no soportaba estar ni un minuto más en aquella casa. Fuera brillaba el sol y dentro la atmósfera era agobiante. El me propuso ir a dar un paseo para despejar la cabeza y yo acepté encantado. Lo primero que hicimos fue ir a comprar un bocadillo para no desfallecer por el camino. En un bar de barrio nos bebimos una cerveza y encargamos dos bocadillos de calamares bastante secos. Caminamos hasta un muro de bonitas vistas y desde allí decidimos adentrarnos en un bosque de pinos por un sendero bastante trillado, el cual, nos llevaba hasta una zona universitaria. Por el camino nos detuvimos en un teatro abandonado que estaba en obras. Caminábamos entre los andamios y escuchábamos sonidos que nos asustaron. No era posible que hubiese nadie allí. Era Domingo y los Domingos los obreros nunca trabajan. Cuando llegamos a la zona de universidades atravesamos una carretera y seguimos un camino que llevaba hasta el cementerio. Bordeamos una finca particular y allí nos detuvimos para escuchar el árbol. Soplaba un ligero viento y azotaba a un árbol cargado de semillas. El sonido que producía nos dejo absortos y nos hizo sentirnos bien. Mi amigo dijo que el sonido le daba la sensación de que el árbol ardiese, y en ese mismo momento me alegré de tener un amigo tan atento y observador. Un compañero perfecto. Seguimos andando y de repente me acordé de algo importante y le dije: -¿Quieres ver una cosa? -y el me contestó afirmativamente sin ni siquiera imaginar de que podía tratarse. Nos metimos por un descampado con algo de basura y de botellas rotas. Allí, en el centro había un cardo enorme. Parecía como si brillara y destacaba entre todas las plantas. Era un cardo enorme. -¿no te parece increíble? -le dije. -Sí, es muy bonito- me contestó. Nos sentamos en unas piedras a modo de bancos y alrededor vislumbramos vestigios de ciudades y panteones habitados hace miles de años.
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si os animais os lo agradeceré en la medida que pueda.
me lo podeis mandar a:
maraviartieda@gmail.com
23.2.09
19.2.09
La serrería

Próxima la época de exámenes decidí buscar un lugar solitario en el que poder estudiar. No soportaba tener que ir a la biblioteca del colegio. El aire era asfixiante y uno era incapaz de concentrarse cinco minutos seguidos. Prefería el pasillo, la iglesia o la parte del fondo del campo de béisbol, donde nunca te encontrabas a nadie. La verdad es que estudiar me era insoportable fuera donde fuese. Los profesores de aquel colegio nunca lograron incentivar mi interés por los estudios debido a sus programas aburridos y sus injustificados castigos. De cualquier manera, sólo me quedaba un día para repasar y aprenderme de memoria el catecismo y por otro lado nuestra preciosa herencia de pensamiento filosófico occidental. De pronto recordé un lugar por el que pasaba una vez por semana siempre que nos mandaban correr alrededor del colegio. Pasando un campo de trigo y cruzando una pequeña carretera, llegabas a un camino que llevaba hasta el río. A la izquierda se encontraba la serrería, una enorme explanada, en la cual, siempre podías observar un montón de troncos apilados de forma piramidal. Las maquinas, gobernadas por hombres de unos cuarenta años, no paraban de transportar aquellos troncos de un lado para otro. Al otro lado del camino había un pequeño edificio de tres chimeneas siempre humeantes y el olor a resina era agobiante. El suelo de la entrada estaba lleno de serrín y de vez en cuando salía gente con bidones de aceite, papeles y gasolina. Siempre que cruzábamos corriendo aquella serrería, podíamos ver a unos cuantos viejos de pie comentando y señalando a los obreros, que seguían haciendo su trabajo como si ellos no existieran. El caso es que cuando decidí ir allí, a mediodía, todo aquello había desaparecido. Los troncos seguían allí pero las maquinas, aparcadas en algún otro lugar, habían desaparecido. Los obreros y los ancianos también habían desaparecido. Las chimeneas, que en otras ocasiones arrojaban un humo espeso, habían dejado de despedir aquel humo, sin embargo aún se podía oler la resina y el gasoil. Caminé un poco más hasta llegar a la orilla del río. Me senté y abrí la maleta. Una carpeta abultada, llena de papeles y unos cuantos libros fue lo que encontré. De seguido cerré la maleta. Todo aquello era tan bonito que era incapaz de concentrarme. Mirando un rato las nubes, me tumbé en la hierba intentando no pensar en nada.
14.2.09
ejercicios de puntería

La verdad es que no tengo ni idea de como llegamos hasta allí. El caso es que en aquel lugar nos sentíamos libres. Aparcamos el coche a unos cuantos metros del sitio. Nos íbamos encontrando por el camino todo tipo de basura industrial; tubos de plástico, flejes y botellas de cristal. De repente, nos adelantó una furgoneta seguida de un perro y arrastrando consigo un rastro de polvo. El conductor nos miró con desconfianza pero no detuvo el vehículo. El sol resplandecía y soplaba un fuerte viento. Sólo algunas nubes algodonadas ocupaban el cielo y lo atravesaban a gran velocidad. Mi hermano recogió una botella del suelo y la colocó en el borde de un pozo seco. Mientras caminaba hacia atrás se dirigió hacia mí diciendo: - de aquí no nos vamos hasta que uno de nosotros consiga romper con una piedra esta botella. Y yo contesté rápidamente: -¡Cuidado! Mi hermano estuvo a punto de caerse en un lago estanco que se encontraba a su espalda.
La media hora siguiente estuvimos tirando piedras hacia aquella botella. Pudimos comprobar que nuestra puntería no era mala. Por fin, en un tiro certero conseguí liberar esa tensión acumulada hace largo rato. La botella se rompió por la base y acto seguido mi hermano busco otro blanco, una pequeña tabla roída y llena de clavos. Estuvimos discutiendo todo el rato acerca de la mejor manera de lanzar. Lo más importante era escoger una buena piedra con la forma adecuada y todo lo demás era instintivo. Poco a poco el paisaje se iba oscureciendo y pasaba el tiempo sin que nos diésemos cuenta. Iñigo reaccionó: -Me parece que se esta haciendo tarde, deberíamos volver hacia el coche. -Claro -dije.
En el camino de vuelta mirando hacia el cielo, pudimos observar como las nubes grises se iban acumulando sobre nosotros. De repente, dos de ellas chocaron y produjeron la lluvia. Aquellas nubes arrojaron un torrente de agua y la primera sensación que nos produjo fue un fuerte olor. Empezamos a correr hacia el coche pero en poco tiempo ya estábamos empapados. Una vez dentro del coche mi hermano me dijo en voz alta: -Cambia de disco, estoy cansado de escuchar el experimental jet set, de verdad.. Y me pasó el estuche con los cedés. El camino de vuelta fue un autentico infierno. Los limpiaparabrisas dejaban de funcionar a su antojo y el tráfico era horrible. Justo en el momento que conseguimos aparcar dejó de llover. Eran las ocho y media. En una hora habíamos quedado en casa de un amigo para cenar y charlar. Subimos a casa, nos secamos el pelo y nos cambiamos de ropa. Antes de salir estuvimos sentados un rato en la cocina y pelamos unas cuantas nueces. A través de la ventana se podía observar como la lluvia volvía a caer con fuerza.
7.2.09

El camino en coche me había mareado y mi estomago libraba batallas de trincheras a través de túneles subterráneos. Mi cabeza daba vueltas ignorando todo el paisaje tan rico en escarpados picos iluminados por la puesta de sol. Eran unos pocos metros hasta casa, una empinada cuesta de gravilla, aquel día de esquí había sido intenso. Mis padres se empeñaron en que les acompañara y pasara con ellos el último fin de semana de la temporada, cosa que a mi no me importaba. No tengo amigos aquí arriba, quiero a mis padres y a mi hermana pero nunca consigo librarme del mareo que me produce la altura. Siento que mi piel y mi estómago se reducen y me oprimen hasta la enfermedad. Es un sensación rara pero nada grave. Me aburro hasta la saciedad, pero resulta que me he convertido en el espectador de mi propia vida e intento ser feliz y hasta producir algo interesante. Un cuadro de bonitos colores donde todo lo que acontece es bueno y positivo.
Cuando ya descargamos la furgoneta, vehículo mixto de ruedas estrechas y sofocante calefacción, subimos a nuestro apartamento. Mi familia ocupa lo dos últimos pisos de un bloque de seis plantas. El cuarto de mis padres esta en la planta superior y el cuarto de mi hermana y el mio están debajo, junto al salón y el comedor. Las paredes del cuarto de la casa están llenas de fotografías de picos montañosos cargados de nieve y reuniones de nochebuena en familia. Mi dormitorio conserva toda la decoración apropiada para un niño de seis años; empapelado de animales salvajes en tono ilustrativo y dos cuadros de payasos, uno tocando el saxofón y otro haciendo malabares. Aunque ahora duermo sólo, mi cama sigue siendo una litera, la de arriba. Hace mucho que mi hermana se mudó al cuarto de al lado, mucho más luminoso y menos cargado de recuerdos.
Son las seis de la tarde y ya no entra nada de luz por mi ventana. Me desnudo y voy al baño. Necesito una ducha de agua caliente. Cuando salgo del baño me cambio de ropa y me dispongo a salir a la calle.
-¡Ni se te ocurra salir ahora con el pelo mojado y el frío que hace!
-No te preocupes mamá, tengo capucha y muchas capas de ropa, sólo quiero pasear y estirar las piernas. Volveré para cenar.
-Está bien pero no te vayas muy lejos, sabes que mañana tenemos que madrugar si queremos estar a las doce en la ermita, recuerda que a tu padre le hace mucha ilusión.
-Claro que si mamá, lo tendré en cuenta. Dame un beso.
Mi madre se extrañó de que la besara, no iba tan lejos ni tampoco era una cuestión de estar mucho tiempo separados, de todas formas dejo de preocuparse. Al poco dijo:
-¡Oye!, recuerda que tienes que encerar los esquíes de tu hermana y los tuyos, ¡no lo olvides!, sino es ahora, hazlo cuando vuelvas.
-No te preocupes, no lo olvidaré. Hasta luego.
Justo en el momento que la puerta se cerró tras de mí recordé que no avisé a mi hermana, quizá ella querría acompañarme a dar una vuelta. Llamé al timbre y acto seguido abrió mi madre.
-¿Que pasa?
-Nada, solamente que olvidé preguntar a Rosa si quiere acompañarme. ¡Rosa! -Grité- ¿Quieres venir a dar una vuelta?
-¡No, estoy muy cansada!
-¡Vale!
A continuación di la vuelta y cerré la puerta de golpe y pensé que me había ido de repente, dando un portazo y sin despedirme de nuevo. Bajé las escaleras a toda prisa y por poco me caigo rodando. Es una temeridad, algún día caeré de cabeza y seguro que lo lamento.
Cuando abrí el portal me acordé de mi pelo mojado, es verdad que no era conveniente salir así, recién duchado. Acto seguido me cubrí la cabeza y las orejas con mi gran capuchón. Cuando ya salía del porche, di la vuelta y observe la luz de la entrada y todo el espacio que bañaba de luz. La puerta era de metal pintado de naranja, protegiendo unos cristales muy finos y sucios. Más adelante estaba el centro, la parte más iluminada. A izquierda y derecha limitaba un reducido espacio cubierto, una especie de bancos de hormigón. Realmente no eran bancos, eran paredes bajas pero que podían servir de asiento, por ejemplo, a alguien que espera a otro alguien a que baje de casa. Toda esta zona cubierta y bien iluminada estaba sujeta por cuatro columnas de cemento muy juntas unas de las otras. Cuando ya abandonaba la zona cubierta pude observar justo en frente un gran pino, que yo recuerdo de toda la vida, un pino sucio y muy alto.
Bajé la carretera a grandes saltos y de repente tuve un pequeño resbalón con una placa de hielo que actuó como una especie de aviso para que bajara más despacio. Ya casi no había luz y todos los bloques y sus pequeñas ventanitas empezaban a iluminarse. Sabía a donde iba. El lugar a donde me dirigía era al patio trasero de un complejo de apartamentos, viejos y muy descuidados. Estos bloques fueron los primeros en construirse en la estación. Hacen alarde de creatividad, poseen unas formas muy extrañas. parecen proyectos de edificios que nunca debieron ser construidos, simplemente por un peligro de derrumbe y su visión ingenua y futurista, el capricho de un arquitecto fascinado por la vanguardia.
El caso es que me encantaba ir allí y poder observar el contraste que produce toda esa vegetación plantada junto con la arquitectura de aquel lugar. En muchas ocasiones pude ver a niños jugando a fútbol en sus porches iluminados, jadeando debido a la altura y al frío pero que rápidamente desaparecen y vuelven a sus casas para cenar e irse a la cama. Entonces es cuando me enciendo un pitillo y sigo observando aquel extraño lugar. Es curioso que me resulte tan extraño. Estos edificios los llevo viendo toda mi vida y cada vez que vuelvo a ellos me resultan mas raros. No me son ajenos, cada vez siento más cercano a este lugar reservado sólo para mí. A veces lo comparto con las personas a las que quiero realmente. Bueno, la verdad es que sólo me gusta poder compartirlo con mi hermana . Este espacio reservado para contemplar maravillas.
Cuando terminé el cigarrillo empecé a sentir frío, no sólo en la cabeza, sino en todo el cuerpo. De pronto pude observar una gran mancha luminosa al fondo de los pasillos cubiertos y rodeados de columnas. Parecía un saco o una bolsa llena de escombro. La luz que reflejaba era totalmente blanca. Me acerqué por curiosidad y cuanto más avanzaba más definido y sombreado parecía estar el saco Lo que contenía era un autentico misterio para mí, pero despareció justo en el momento en que pude observar que estaba lleno de ramas recién cortadas. Era un saco lleno de ramas, seguramente olvidado por el jardinero que pasó el día entero podando aquellos árboles. Los mismos árboles que ahora rodeaban el patio iluminados por la luz de aquellos porches. De repente el silencio de aquel lugar se hizo ensordecedor, no podía permanecer ni un minuto más en aquel lugar. Cogí una rama y me largué de allí.
Justo antes de abrir la puerta de mi casa me acordé de que tenía que encerar mi esquíes y los de mi hermana. Cogí el ascensor y pulsé el menos uno. Allí estaba el garaje y cada vecino tenía un trastero donde poder guardar todo lo que quisiera. No eran muy grandes porque la mayor parte de la planta baja era un garaje. Cuando me dirigía al cuarto trastero, puede ver a una pareja vecina saliendo del coche. Discutían de una manera horriblemente cotidiana, en aquellos gritos se podía sentir un tono de reproche.
Intentando que no me vieran, abrí rápidamente la puerta del cuarto y me metí allí dentro. Toda la operación de encerado, planchado y raspado me llevó una media hora. Fumé un cigarrillo y subí a casa. La tele estaba encendida y mi hermana hablaba por el móvil. Mi madre estaba en la cocina y mi padre encerrado en el baño. Nadie dijo nada cuando me acordé que no había cerrado la puerta del trastero y salí de nuevo. Cuando atravesaba el garaje pude observar a mis vecinos de antes abrazados y besándose.
27.1.09
Las camisetas de Javi Lozano redibujadas 1
27.11.08
FELIZ NAVIDAD 2008

Txema os desea feliz navidad a todos/as! si quereis recibir la postal en papel dedicada mandarme un mail con vuestra dirección y codigo postal a la direccion de correo electronico:
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17.6.08
14.6.08
5.6.08
30.5.08
22.5.08
15.5.08
12.5.08
8.5.08
7.5.08
30.4.08
29.4.08
27.4.08
Esto es un dibujito en acuarela que hice en la escuela de arte. Bacon aceituna cuatro quesos...
oooaaa!!
6.3.08
21.2.08
caballo con ojos luminosos

caballo ojos luminosos.jpg
Cargado originalmente por oscarmmes
Propongo, que los que tengan ganas, hagan un dibujo a partir de esta foto y lo incluyan en el blog o bien me lo envíen a mi correo electrónico para que yo lo publique.
















































































































